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Integrantes de la Caravana de Madres Centroamericanas

Madres de hijos migrantes que no se cansan de buscar

Jueves, 05 Mayo 2016 11:43
Autor:   Esmeralda Rosas/ Subterráneos
*Con una historia distinta cada madre lleva en el rostro la esperanza de volver a ver a sus hijos, llevan en la voz el recuento de los años que han transcurrido desde que desaparecieron

 

Puebla, Puebla, 5 de mayo de 2016. Con una fotografía colgada al pecho y con el lema: “Una madre nunca se cansa de buscar”, arribaron el 5 de diciembre de 2015 a Apizaco, Tlaxcala, cuarenta madres y padres centroamericanos que durante 19 días cruzaron el país en busca de sus hijas o hijos desaparecidos, siguiendo la misma ruta que realizan los migrantes de Centroamérica en su travesía hacia Estados Unidos. Son integrantes de la Caravana de Madres Centroamericanas, que pertenece al Movimiento Migrante Mesoamericano, cuyo objetivo es recorrer anualmente algunos Estados la República con la finalidad de conocer el paradero de sus hijos.

Cada historia es distinta y cada madre lleva en el rostro la esperanza de volver a ver a sus hijos, llevan en la voz el recuento de los años que han transcurrido desde que desaparecieron, y como estigmas, en el pecho les cuelgan las caras de sus hijos quienes son a los primeros en presentar o preguntar por ellos, aunque la respuesta es casi siempre la misma; nadie sabe de sus destinos. La mayoría de los integrantes son mujeres, algunas hermanas de los desaparecidos, otras esposas; pero son las madres generalmente, quienes realizan el viaje, y es que quizás uno de los factores que determina el contexto es la carga sociocultural que se le otorga a la figura materna, siendo ésta la que lleva a cabo el rol de crianza y cuidado de los hijos.

María Portillo, mujer salvadoreña de 56 años que se integró al movimiento cuatro años atrás, viene a México en cada caravana con el deseo de que alguien le dé una señal de Marvin Álvarez Portillo, su hijo, quien salió de El Salvador en junio de 2007. “Este es mi muchacho, tenía 17 cuando lo vi por última vez, me dijo que iba a trabajar porque quería hacerme mi casita allá en la comunidad, pero todavía no vuelve y por eso vine a buscarlo, a ver quién me sabe decir de él. Estoy segura de que alguien aquí lo ha visto, no importa que me pase preguntando gente por gente pero sé que lo voy a encontrar, por eso no me voy a morir; mi esposo se murió de tristeza pero me quedé yo para encontrarlo y aquí estoy, le juré a Dios que lo volveré a ver…”

María no puede evitar llorar mientras cuenta el sufrimiento que tiene desde la desaparición de su hijo, llora un poco más frente a la enfermería del albergue, cuando las ampollas de los pies le hacen recordar que tal vez su hijo no tenga zapatos o se halle enfermo, probablemente sin comida, pero ella asegura que con vida. Repentinamente deja la bandera que sostiene entre las manos cuando muy cerca se escucha el imponente silbido del tren y ella corre a verlo pasar esperando que alguien arriba la salude, no alguien sino su hijo.

Luego de aguardar aproximadamente cinco minutos en tanto que desaparece el ferrocarril, voltea hacia mí, con una sonrisa rota porque nadie viajaba entre los vagones; pronto el médico le ofrece pasar a la pequeña enfermería y se despide diciendo: “Se llama Marvin, no se le olvide su cara si lo ve un día, dígale que lo busco, señorita”.

Tras la espera, mientras las otras madres terminan sus alimentos, también Rosa Gutiérrez comparte su dolor justo unos minutos antes de que la caravana abandone el albergue con dirección a Puebla, ella también lleva otra cara al frente, busca a Nelson Javier Gutiérrez, han pasado siete años desde que salió de Nicaragua y tiene dos hijos que anhelan su llegada. Cuatro años antes le dieron noticias de él en un reclusorio veracruzano, le dijeron que estuvo unas semanas pero no pudieron comprobarle la culpa y lo dejaron libre. A sus veintiocho años salió de su país para que sus hijos pudieran estudiar y su madre dejara el empleo de trabajadora doméstica. Relata lo difícil que es recorrer México sin dinero, con hambre y en tan poco tiempo para buscar a un hijo. Reclama lo injustas que son las autoridades en este país y la nula ayuda que se presta a los migrantes, entre otras cosas. Finalmente agrega: “No importa cuánta desesperación tenga, una vez ya me dijeron que lo vieron y la siguiente seré yo quien lo encuentre, ya después nos regresamos a mi Nicaragua, sus hermanas también lo extrañan mucho”.

La pena que causa la desaparición de un hijo siempre será notoria, así como el dolor insoportable de las mujeres a quienes la incertidumbre les quita el aliento ya que, como ellas lo mencionan, ser migrante no es pecado y ser madre de un desaparecido no debería ser una súplica para ser escuchadas sino un derecho para exigirle al gobierno la búsqueda de sus hijos.

Las historias de Rosa y María se conocen desde que la caravana inició su misión, hace once años; pero éstas son sólo dos de las otras treinta y ocho que pudieron ser contadas gracias a la labor de la organización, sin embargo hay muchas madres en Centroamérica que no se han integrado a la caravana porque los recursos son escasos o por variadas circunstancias, y ellas quizás nunca podrán levantar la fotografía con el rostro de sus hijos para gritar su nombre en señal de esperanza. Tampoco ninguna de todas estas mujeres podrán festejar un día de las madres porque les han arrancado el alma y no existe un nombre para designar a la madre cuyo hijo ha muerto o se encuentra desaparecido.

 

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