“No pierdo el tiempo, se trata de ganar dinero”

En un club nocturno conocí a Ámbar, trabajadora sexual

Miércoles, 02 Marzo 2016 19:52
Autor:   Angélica Guzmán/ Subterráneos
*“Me han llamado puta y no me molesta, es lo que soy, para mí es glorioso, pero muchos no lo entienden. A mí me gusta el sexo”

 

Puebla, Puebla. 3 de marzo 2016. “A mí me gusta trabajar de esto, muchas personas criminalizan este trabajo y piensan que somos obligadas, nos pegan y ni siquiera nos pagan; hay muchas que caen en lugares inapropiados con personas inapropiadas lo que es muy triste pero, hay otras que lo hacemos porque no alcanza el dinero, porque aquí conseguimos más que en otros trabajos donde te pagan una miseria”.

Ámbar —como se hace llamar— es una chica de aproximadamente 24 años, grandes senos, pronunciadas curvas, cabellera oscura de pelo sintético; es bailarina y trabajadora sexual por las noches de fines de semana en un club nocturno del que reservaré nombre y ubicación.

La conocí la noche del sábado, pasando las 23 horas, entre botellas de alcohol, movimientos sensuales y escasa iluminación. En una primera experiencia, de visita a un lugar donde las mujeres venden sexo, tuve que pedir a un mesero a que me ayudara a acercarme a una de las chicas que estaban frente a mí, sentadas en espera a que las llamen para comenzar su show.

Cuando tomaba una cerveza, volteé hacia lo que parecía un escenario de pole dance justo en medio; miré a una chica que brincaba, se carcajeaba, y hasta corría, a pesar de los altos tacones que traía puestos. Quería platicar con ella, pero, estaba ocupada bailando con un hombre de unos 45 años, entonces esperé un rato, hasta que conseguí entablar una conversación con ella.

Ámbar, se sentó en la mesa en la que yo estaba, me preguntó qué hacía ahí, traté de mostrar tranquilidad y enseguida busqué generar interacción aclarando que no tenía objetivo sexual alguno.

“Las mujeres que vienen aquí, lo hacen por envidia, no por otra cosa. Lo sientes por como te miran cuando bailas, o cuando estás con alguien, aunque realmente no me importa yo hago lo que quiero y me la paso bien. Yo soy así, me gusta estar alegre y energética cuando trabajo, pues ¿por qué no debería de estarlo?, ya que estoy aquí disfruto pasarla bien, disfruto emborracharme, que me inviten muchos tragos y también platicar una que otra cosa”.

Pidió que le invitara una cerveza, que costaba alrededor de 180 pesos, a lo que accedí; empezamos a platicar, entonces ella comenzó a contarme sobre su trabajo y la relación que existe entre éste y sus asuntos personales.

“Trabajo en otro lugar en la semana por las mañanas, pero no se gana igual, estoy aquí porque se gana bien y no es tan malo como lo piensan (...). Cuando un cliente de mayor edad llega conmigo trato de estar activa, de alocarme, de llenarlos de energía porque muchas veces están cansados y solo vienen y se sientan, lo que no me gusta y además me aburre; me da lástima que estén tan inactivos, que no disfruten la vida.

“Me gusta sentir miradas de otros, me siento muy sexy cuando estoy bailando en el tubo, no me molesta exhibirme, claro, no siempre te encuentras con buenas personas, pero trato de acordarme de lo bueno (...), me han llamado zorra, puta, ramera cuando estoy trabajando y no me molesta; es lo que soy, así me comporto mientras estoy aquí, para mí es glorioso, pero muchos no lo entienden, a mí me gusta el sexo, realmente lo disfruto, yo no le veo nada de malo. ¿O acaso lo tiene?.

“Yo no pierdo el tiempo, busco más clientes en cuanto termino con otros; a muchas les cuesta más, no sé si porque les da pena. Si vengo aquí a gastar mi tiempo debo estar ganando dinero, me gusta y he agarrado el ritmo”.

En esa confianza en la que ya estábamos, me animé —aunque sentí vergüenza—, a preguntarle sobre los “privados”. Comentó que costaban alrededor de 130 pesos, con una duración de tres canciones y que en ese lapso de tiempo, se podía “manosear”, bailar, uno que otro beso y nada más. Con una seña me indicó el lugar a lo que parecía ser un cuarto en el fondo. Entonces le confesé mi verdadero objetivo: quiero retratarte a ti fotográficamente y escribir tu historia.

La chica de los tacones altos propuso comprar un “reservado”, con un costo cercano a 2 mil setecientos pesos, que ahí podíamos hacer lo que quisiéramos, platicar, bailar, tomarle las fotos que yo quisiera y hasta tener sexo, ante lo que no pude evitar sonrojarme.

“Cuando trabajo y me piden tener sexo, les doy mi número para que nos veamos en otro lugar porque aquí tienes que compartir la tarifa y a mí me gusta llevarme todo. Tengo otra peluca rubia, tengo varios trajes, de enfermera, de carreras, de diablita; puedes tomarme varias fotos así o desnuda, como tu quieras, yo puedo llevar mi maleta con muchas más cosas que tengo por ahí. Anota mi numero (...), contactame, nos vamos a divertir”.

Cuando pensé en que había conseguido lo que buscaba, escuché al final de la frase, “pero tienes que darme una propina, claro, por esas fotos te cobraría mil quinientos pesos, pues no se las tomarías a una mujer que esté fea ¿Verdad?”.

La conversación con una chica dura lo que tarda en consumirse la cerveza o el trago que un@ cliente le invite. Ella tomó su cerveza, la que yo le había comprado, hasta consumirla por completo; una voz masculina la llamó por el micrófono para que fuera a bailar, se levantó, pero antes de que se fuera pregunté, puedo tomarte una foto mientras bailas? Asintió con la cabeza, pero comentó que fuera rápido para que los meseros no se dieran cuenta. -No está permitido en el lugar, agregó. Me dio un beso en la mejilla y se fue. Entonces ejecuté la única posibilidad que tenía.

 

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